
El rescate del antiimperialista cubano, uno de los mayores intelectuales americanos, y su compromiso a la hora de la dicotomía sarmientina entre civilización y barbarie.
El propósito de estas reflexiones reside en sacar a la luz un aspecto algo desconocido de Martí. No tiene intención de refutar las apreciaciones de José Pablo Feinmann –en Página/12 del domingo pasado–, por quien siento una cordial estima, pero sí contribuir a disipar el mito que se ha creado en la Argentina alrededor del revolucionario cubano.Mi generación conoció a Martí en el colegio, a través del recitado de algunos desdichados versos: “Cultivo una rosa blanca/ en julio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca/. Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo/ cardo ni ortiga cultivo:/ cultivo una rosa blanca”. Estos angelicales versos que incitan a poner la otra mejilla para que el enemigo termine de destrozarnos el rostro, no son representativos del auténtico Martí que murió con las armas en la mano frente al enemigo opresor. Pero, bueno, la escuela, anticipándose a la doctora Carrió, predicaba el “consenso” para que nos fuéramos acostumbrando a resignarnos frente a la injusticia.Ahora, Feinmann, en su artículo del 10 de octubre en Página/12, viene a rescatar a Martí por su compromiso, su antiyanquismo y su ímpetu revolucionario. Coincido y lo celebro, pero, a mi juicio, hay algo más que decir sobre este compañero en la Patria Grande. Señala José Pablo que “Martí representa en América quizá la imagen más acabada –junto con otros notables como Domingo Faustino Sarmiento, por supuesto– del intelectual comprometido, el intelectual que tiene una misión política que cumplir a la cual adosa su talento literario”. Luego, agrega que “Martí es posiblemente el más grande escritor americano junto con nuestro Sarmiento, si pensamos en el Facundo... pues se convierte en el batallador más importante por la libertad de Cuba y en un gran batallador antiimperialista contra los Estados Unidos”. También de acuerdo, salvo la equiparación con Domingo Faustino Sarmiento, personaje contradictorio, rescatable en su época antimitrista.En estos momentos, resulta importante mostrar el compromiso de Martí, muerto en combate, como lo señala Feinmann. Pero, luego, su artículo deriva no al pensamiento político de Martí sino a sus poemas a los cuales exalta con justicia –aunque deberíamos dejar a un lado, el de “la rosa blanca”. Pero, además, juzgo interesante abordar otro aspecto no demasiado difundido de su obra, justamente el “antisarmientino”.Opino que debe rescatarse a Martí como un luchador por la descolonización ideológica y, casualmente, esa colonización ideológica se la debemos a Sarmiento con su “civilización o barbarie”, a la cual Martí refuta. Si bien no lo menciona al sanjuanino, estos palos son para él: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza” (Artículo de J. Martí, Nuestra América, del 30/1/1891, en El partido liberal).Pero no es bueno citar frases sueltas que pueden ser sacadas de contexto. Léase con detenimiento dicho artículo, reproducido en el libro Nuestra América y se verá que Martí defiende una cultura latinoamericana en contraposición a las concepciones coloniales –como “civilización o barbarie”– aquellas que Jauretche llamó “colonización pedagógica”.En ese artículo, sostiene Martí, en sus partes fundamentales: “El hombre natural es bueno y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. (...) Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles o vayan al Tortoni, de sorbetes. Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero. Estos nacidos en América que se avergüenzan porque llevan delantal indio, de la madre que los crió y reniegan, bribones, de la madre enferma y la dejan sola en el lecho de las enfermedades. (...) Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios y va de menos a más, estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios y va de más a menos. Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres. (...) Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos. (...) Con un decreto Hamilton, no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyes, no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. (...) El buen gobernante de América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce y disfruta. (...) El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de nacer del país. Por eso, el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico”.En otra parte, agrega: “Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, sólo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación contra la ciudad desdeñosa. (...) Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza”. En este aspecto, y más allá de la buena intención que pudiese tener Sarmiento, Martí no es su compañero de ideas, sino su reverso.Y adelantándose a lo que está viniendo en la Patria Grande, Martí señalaba: “Cuando aparece en Cojimar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado y que la salvación está en crear. Crear: la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano... y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”.También afirmaba –y es actual–: “El deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento. (...) El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro” y nos convocaba a unirnos “porque por ignorancia, el Gigante llegaría tal vez a poner en América la codicia; por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos”.Volviendo a Feinmann y sin ánimo de molestarlo, me sorprende que en medio del artículo se refiera a los errores de Marx y Engels con respecto a las primeras expresiones del expansionismo norteamericano, como si ello desmereciera sus otros aportes, suponiéndoles también una probable actitud proyanqui sobre un tema acerca del cual no se definieron –la expansión sobre Cuba– pero que condenaron socialistas como Manuel Ugarte. En esto disiento porque cuando, en el análisis del socialismo revolucionario, nos quedamos en Marx y Engels –cuando el imperialismo aún no era contundentemente visible–, ignorando los aportes de sus continuadores acerca de la cuestión nacional podemos confundir al joven que tiene vocación revolucionaria y llevarlo a “ni yanquis ni marxistas”, lo cual sería lamentable.También otro elemento donde disiento amablemente es con el final del artículo donde, por supuesto, en las urgencias del periodismo, José Pablo no ha advertido que esa conclusión diciendo moriré “de cara al sol” pareciera emparentarlo a Martí con el himno de la Falange Española, de tan horroroso recuerdo. Sólo por eso escribo estas líneas, para dejar a Martí muy pero muy lejos de toda confusión. Nada que ver con “civilización y barbarie”, nada que ver con el Sarmiento que admiraba a Estados Unidos (aunque lo rescato, repito, en otras cuestiones) y menos aún, la menor coincidencia respecto al franquismo.
Norberto Galasso/ Miradas al sur